:: Número actual
   

::

Números

anteriores

   
:: Normas de
  publicación
   
:: Auspiciantes
 
: : Los fundamentalismos ideológicos en el paisajismo : :

“Si entre muchas verdades eliges una sola, y la sigues ciegamente, ella se convertirá en una falsedad, y tu, en un fanático” (Ryszard Kapuscinski 1932-2007)


Ing. Agr. Fabio Solari MSc.




Introducción
El paisajismo, síntesis entre el vasto deseo artístico y la estricta limitación ecológica, ha tenido y tiene sus propias escuelas, sus innovadores y seguidores de éstos, que a lo largo de la historia dejaron en sus obras plasmado el éxito en esa difícil tarea  de síntesis. La solución a la tensión creada entre los deseable y lo posible es parte de la valoración que se puede hacer de estas obras.
Pero cuando la ideología o los dogmas, útiles para organizar el pensamiento pero nefastos para el desarrollo de la creatividad, impregnan con posturas fundamentalistas la profesión, agregan más restricciones a las planteadas en el primer párrafo. Porque al instalar opciones “políticamente” correctas o incorrectas, pretenden anular sin instancia de discusión aquello condenado por el dogma. La fuerza de estos prejuicios, instalados como verdades, consiste en su incuestionabilidad y en el inmediato escarnio de quienes se atreven siquiera a instalar dudas sobre su razonabilidad.

La antítesis globalización – regionalismo o nacionalismo.
Casi simultáneamente con la crisis del sistema socialista soviético, y la consecuente definición del comienzo del “fin de la historia” de la puja entre esta fallida experiencia y el sorprendido y triunfante capitalismo, se instaló, como concepto resultante de esta victoria, el triunfo de la globalización. La globalización es un fenómeno político, comercial, tecnológico y social. La circulación inmediata de información por medios escritos y visuales permite conocer en tiempo real el acontecer en cualquier punto del planeta que disponga de tecnología de comunicación de fácil y económico acceso. Junto con la circulación de información existe el intercambio de bienes y servicios que, aunque con algunas restricciones menores, posibilitan un intercambio de mercancías y know-how  que permiten replicar casi instantáneamente obras, ideas y negocios. Programas televisivos, cajeros automáticos y grupos musicales, como réplicas exactas en las que la única diferencia, barrera en vías de ser franqueada, es el idioma. Es casi imposible reconocer la ubicación geográfica de un aeropuerto, un centro comercial o incluso un parque construidos con el espíritu de la globalización.  A este paisaje estandarizado, que se puede repetir y replicar con absoluta ubicuidad y con independencia del lugar, Muñoz (2009) afirma que más que Urbanización se debería denominar Urbanalización. Free style o liberalismo estético, defendido a ultranza por Koolhaas (1995) donde lo global se transforma en multicultural y prescinde completamente de la identidad local, de lo histórico, del contexto. La ciudad genérica, su ícono, es multirracial, multicultural, no tiene historia, es la ciudad liberada del centro, de la camisa de fuerza de la identidad, es la apoteosis de la múltiple opción.
En nuestro medio, Buenos Aires, hemos diseñado y construido parques en los que el visitante se sentiría como en Barcelona, ya que hasta el mobiliario y los artefactos lumínicos tienen esa procedencia. Se han utilizado gaviones rellenos de piedra, de muy bajo costo en Cataluña, pero muy costosas en la llanura bonaerense, ya que hay que transportarlas desde la cantera más cercana, distante cuatrocientos kilómetros.

 

 

Gaviones en Parque Diagonal y el Mar, Barcelona



Gaviones en Parque Micaela Bastidas, Buenos Aires

Pero de igual manera, hace ochenta años, otro visitante pudo recorrer parques y barrios enteros en Buenos Aires pensando que estaba en París. La imitación, basada en la genuina admiración o en el cómodo snobismo, es una solución de bajo riesgo, de dilución de la responsabilidad y, en general, de aceptación asegurada en ambientes de tenue capacidad crítica.
Pero la globalización no es simplemente de materiales, diseños y obras. También se han globalizado, entre otras cosas, la percepción de los problemas ambientales y sus posibles paliativos. Decimos la percepción, pues la mayoría de los problemas ambientales son fenómenos cuali-cuantitavos de muy diferente calibre según el lugar del planeta donde se ubique. Problemas tales como la escasez de agua potable, el aumento de temperaturas medias por el efecto invernadero o la pérdida de la biodiversidad, todos ellos de indudable trascendencia,  tienen impactos diferentes de acuerdo a la realidad de cada sitio, y la priorización de su mitigación debería relacionarse con su importancia relativa en cada lugar.
Sin embargo, corrientes como el Geoísmo (Lamela et al., 2006) en sus directrices para el uso doméstico del agua propone depurar todas las aguas residuales y reutilizarlas para el riego de parques públicos y jardines, entre otros usos. Esto es absolutamente necesario y económicamente viable en ciudades dónde la dotación de agua para consumo humano en cantidad y calidad es muy escasa, como son México D.F., que con un caudal de 33 m3/s distribuye a algunos de sus habitantes 50 l/día y su acuífero sobreexplotado ha provocado hundimientos de hasta 40 cm por año en sectores de la ciudad (CPDF, 2006),  París toma como fuente de agua para potabilizar  parte de los magros 500 m3/s de la durísima agua del Sena (pH 8,5) lo que motiva la restricción que tiene la población en su uso. Pero Buenos Aires toma casi absolutamente toda su agua potable del Río de la Plata, uno de los ríos más caudalosos del mundo. Y si bien su grado de contaminación bacteriológica en la orilla es relativamente alto, no tiene contaminación industrial de importancia. Y la potabilización del agua contaminada bacteriológicamente es fácil y de muy bajo costo: decantación y cloración.
Sin embargo, la globalización de un problema ajeno, hace pesar sobre la conciencia el "derroche", la "falta de solidaridad" y el temor a supuestas futuras guerras por la posesión de algo que no se puede acumular fácilmente: esa agua de pH casi neutro que se desplaza a razón de 23.000 m3/s, termina inexorablemente como agua salada en el Atlántico en pocas horas. Esa cantidad de agua equivale a satisfacer el requerimiento diario de agua potable de toda la humanidad en poco más de veintidós horas.  Por lo tanto, regar los parques y jardines con agua potable de muy bajo costo económico y ecológico, parece ser mucho mas indicado que efectuar costosos procesos de reciclado, duplicar los sistemas de conducción y, además correr el riesgo de salud pública que significa utilizar aguas de baja calidad en fuentes utilizadas muchas veces para refrescarse por niños indigentes.

Como reacción a la globalización resurgió una ideología, no menos global, que rechaza toda influencia de lo foráneo, rescatando como único valor aquello que proviene del lugar de pertenencia, lo genuinamente autóctono. Son comunes que sus seguidores realicen marchas y contracumbres en cuanto foro internacional presuntamente globalizador se realice en cualquier parte del mundo. Bajo la forma de nacionalismo se prohíben películas, libros y dibujos animados, a fin de preservar la idiosincracia local, amenazada por el conocimiento de realidades distintas.
En relación al paisaje, hay corrientes como la Fundación Europea de Arquitectura del Paisaje que tiene como uno de sus objetivos demostrar que Europa tiene una identidad y una cultura del planeamiento propios (LAEF; 2008). El regionalismo prefiere una clasificación sistemática de las plantas por países o regiones de origen a la realizada en función de sus características botánicas. Clasifica entonces a las especies como “autóctonas” o “exóticas” de acuerdo a los límites políticos de un país. Subyacentemente, la valoración es consecuente y “deben” preferirse y muchas veces ceñirse exclusivamente al diseño con plantas autóctonas por razones presuntamente ecológicas. Lo que López Silvestre (2007) denomina fascismo endémico que “defiende lo vernáculo como si fuera designio divino, una incontestable realidad natural, una Forma permanente y platónica del país concreto y perfecto al que se asocia que, de no ser por las desafortunadas intervenciones del hombre, seguiría así por siempre. Tiene sus orígenes en Alemania, donde Herder a fines del s. XVIII y principios del XIX  teorizaba sobre la aplicación al diseño de parques y jardines de los principios del nacionalismo romántico.

 

Parque de especies autóctonas en Victoria, Entre Ríos.

Esos principios teóricos se plasmaron en una dura realidad en la Alemania nazi, inspirados por los textos de Willy Lange (1909; 1927), defensor acérrimo de la estética arquitectónica y paisajística “de la raza”. En el mismo sentido Mäding (miembro de las SS y proyectista de Himmler), afirmaba que fortalecer el carácter alemán  del  pueblo  consistía  sobre  todo  en  recuperar  un  paisaje  alemán  (Walter; 2004).  La finalidad de su plan era recuperar la simbiosis del alemán con su paisaje para mejorar su vida psíquica. Para ello el primer paso debía consistir en proteger. Hermann Göering en persona supervisará las  instituciones  encargadas  de  crear  nuevas  reservas  naturales  y  parques  protegidos  en  los  que  se conserve en un estado óptimo la fauna y la flora auténticamente alemanas. Fruto de estos trabajos serán: la red  de  1.100  oficinas  de  paisaje,  las  800  reservas  naturales  y  los  50.000  monumentos  naturales catalogados en Alemania en 1944. Gracias a este despliegue, se aseguraba la preservación de la verdadera identidad  paisajística  alemana.  La  segunda  acción  defendida  por  Mäding  consistirá  en  sanear  el  país creando un paisaje adaptado a las necesidades del espíritu alemán. Para ello imponía al Estado una serie de deberes “biológicos” que consistían en colonizar zonas del interior para proveer a todos los individuos de su contacto con la  tierra y liberarlos de  los males de  la ciudad, y en imponer en las ciudades  la plantación amplia y sistemática de especies autóctonas que diesen al pueblo una imagen de auténtica ciudad alemana que  nunca  debería  perderse. Entre  las  propuestas  de Mäding  referidas  a  la  forma  y  al  contenido  de  los parques  y  jardines  urbanos  podemos  encontrar  párrafos  enteros  dedicados  a  despreciar  los  jardines formales a  la  francesa y  los  falsos  jardines a  la  inglesa. Todos ellos eran artificiales, exóticos,  foráneos y, por tanto, ajenos al paisaje alemán, y no podían suscitar un sentimiento patriótico. (López Silvestre, 2007). El autor señala que actualmente grupos “verdes” alemanes releen a Lange y recomiendan expulsar  lo alógeno como principio básico para preservar y  exaltar  lo  autóctono. El biólogo Witt (1992) incluye entre las plantas “nativas” alemanas aquellas llegadas al país antes de 1839, debido a que la flora, fauna y habitantes alemanes ya se han “adaptado” a su presencia, como si fuera posible establecer una fecha “umbral” para la dispersión o introducción de especies. Es cierto que para cada especie el ambiente originario está relacionado con su  “optimo ecológico” (Dajoz y Leiva Morales, 2000). Pero no menos cierto es que las condiciones de vida de la biosfera cambian con el tiempo, lo que no asegura la adaptación de las especies al propio lugar de origen y quizás sí la naturalización de otras especies originarias de distintas regiones. Especies como el nogal, plátano y castaño, parte del genuino paisaje español, se originaron allí, pero se extinguieron con las glaciaciones, para ser reintroducidas por el hombre (Castro-Diez et al., 2004), demostrando que el límite taxonómico entre autóctono y exótico es, al menos, endeble.
El éxito adaptativo de la papa y el maíz americanos permitió mejorar las condiciones alimenticias humanas en otras regiones del mundo, tal como el arroz, el trigo, la vid y los porotos o frijoles, de origen “exótico” lo hicieron en nuestro continente. Según los ecólogos Nahev y Lieberman (2001) no existe razón para oponerse al uso de especies “exoticas” su utilización productiva u otros propósitos, mientras existan y se tomen precauciones para prevenir su dispersión como malezas indeseables en reservas naturales o áreas protegidas.
El paisaje de Buenos Aires descripto por un viajero en 1774, consistía en  escasas islas boscosas de talas y ceibos como único recurso arbóreo de esta región dominada por los pastizales (Ghersa y León, 2001).

 

siguiente >>

 

 
 
  RUIDO.GRAFICO ll DISEÑO ll 2009